Los
mercados han vencido a la democracia, y por si eso no era suficiente, los actores
principales del sistema político democrático son cómplices del hundimiento. Los
partidos políticos mayoritarios, los que han gobernado durante años y han sido
opción de gobierno se han aprovechado del sistema.
Los
casos de corrupción han existido durante años, y ahora los vemos salir a la luz
día tras día. Antes salía alguno de vez en cuando, y eran casos aislados. La envergadura
de los últimos casos aparecidos, junto con el momento en el que han salido a la
luz son una bomba de relojería contra el sistema democrático, contra la
política.
Y sí,
la ciudadanía es consciente de la gravedad de la situación y sale a la calle a
pedir la dimisión del gobierno, de la cúpula del partido al que apuntan los
últimos casos.
Pero y
si mañana pudiéramos votar? No hay alternativa.
Algunos
dirían que la opción lógica sería votar al PSOE, como alternativa al PP, pero
es que el PSOE no está ni mucho menos libre de pecado: Caso Filesa, Caso GAL,
el Caso Campeón, los casos aparecidos en la Junta de Andalucía, entre muchos
otros chanchullos políticos hacen que el PSOE tampoco tenga credibilidad.
Y mientras tanto IU va a la deriva sin acabar
de convencer y sin poder ofrecer un proyecto hacia la izquierda que pueda
llegar a ser mayoritario. Así pues no hay alternativa en el actual mapa
político español. La alternativa está en las calles, está en las redes sociales…
La alternativa existe pero no llega a ser.
“La política se ejerce en el presente. Y la
izquierda ni puede rehuir el presente, ni puede dejar atraparse por él. No hay
izquierda sin proyecto. La derecha puede limitarse a gestionar el statu quo. La
izquierda no. La izquierda debe formular todos los días las preguntas
excluidas, aquellas que la espiral de silencio escupe” nos dice Ramoneda en su último
libro La izquierda necesaria.
No
podemos esperar a mañana a dar a luz un proyecto de la izquierda que pueda
hablar sin miedo. El PSOE hoy no puede hablar de corrupción sin mirar atrás o
sin pensar que mañana se destape un caso más de corrupción que les afecte
directamente. Y los demás han sido cómplices o han formado parte del juego
durante demasiado tiempo.
La derecha es lo suficientemente fuerte como para superar estos casos de corrupción. A su gente no le importa tanto la corrupción entre sus filas como a la gente de izquierdas. Y esa bandera anticorrupción, hoy la izquierda del sistema no puede sacarla del armario.
La derecha es lo suficientemente fuerte como para superar estos casos de corrupción. A su gente no le importa tanto la corrupción entre sus filas como a la gente de izquierdas. Y esa bandera anticorrupción, hoy la izquierda del sistema no puede sacarla del armario.
Si la
izquierda como dice también Ramoneda debe tener “la voluntad de desafiar cualquier forma de abuso de poder” ya sea
el de los mercados o el de los principales partidos del sistema debe librarse
del peso que le impide levantarse y que además le hunde cada día más.
La
alternativa debe empezar por creernos que la política es necesaria, pero sobre
todo por entender cuál es su utilidad. Y partir de la idea que nos expone Quim
Brugué en su libro És la política,
idiotes! sería un buen punto de partida.
“La política es un sueño. La política comporta mirar el futuro con ilusión y,
si es necesario, con la ingenuidad de aquel que se siente capaz de transformar
el presente. Es la capacidad para pensar aquello que no existe pero nos gustaría
que existiera. La política es una actividad que consiste en no aceptar que la
realidad nos viene dada, que las cosas son como son.
Así
pues, la alternativa es posible mientras quede política y mientras aquellos que
creemos en ella y queremos defender la democracia estemos dispuestos a luchar.
A luchar no contra los otros, sino también contra los nuestros, pues la
corrupción no es sólo cosa de la derecha.
La
lucha es contra la corrupción y para defender la política y la democracia, pero
lo es también contra el populismo. Ese populismo que nos quiere hacer creer a
todos que la política solo sirve para que los que lleguen al poder se llenen
los bolsillos gracias al contribuyente, que además es tonto. El populismo es un
enemigo peligroso, un aliado de la corrupción y de los que la practican que lo
usan como escudo protector. Y la lucha no es de un partido contra otro. En esa
lucha, la de siempre, perdemos todos.
La lucha ha de ser la de la buena gente de izquierdas contra aquellos que se han aprovechado, se aprovechan y se aprovecharan del sistema (ya sean de derecha o de izquierda), y si en esta lucha por salvar la política y la democracia nos encontramos con un aliado en la derecha, mejor. Ya nos enfrentaremos a él en otro momento, pero cuando sea posible debatir sin miedo a que salga aquello de “y tú también”, “y tú más”.
La lucha ha de ser la de la buena gente de izquierdas contra aquellos que se han aprovechado, se aprovechan y se aprovecharan del sistema (ya sean de derecha o de izquierda), y si en esta lucha por salvar la política y la democracia nos encontramos con un aliado en la derecha, mejor. Ya nos enfrentaremos a él en otro momento, pero cuando sea posible debatir sin miedo a que salga aquello de “y tú también”, “y tú más”.
Para construir
la alternativa basta con ver las calles, las redes sociales… y ver que como
nosotros hay mucha más gente dispuesta a defender la política y la democracia,
a limpiar el sistema, a aprovecharlo para el bien común y no a aprovecharse de
él en beneficio propio.
Una
alternativa no se construye a partir de una estructura orgánica clásica, ni
modernizando las ya existentes. No sé cuál es la mejor opción. Quizá una
organización tan plural como la sociedad, con un proyecto común rebajado a unas
propuestas de mínimos porque el objetivo requiere empezar casi de 0. El sistema
está prácticamente en ruinas, y es necesario volver a construir los cimientos,
y ello conlleva no perdernos en debates trascendentales, pero ahora absurdos
viendo el panorama.
No es
fácil, tampoco imposible. Pero hay que dejar la calle y pasar a la acción. Si
esperamos a que un actor del actual sistema de partidos se haga suyo el
discurso de la calle, y lo lleve a la práctica estamos equivocados. Eso sí que
es imposible.
Pero es seguro que hay una mayoría entre la ciudadanía que está dispuesta a recuperar la fe en la política y en la democracia, y con esa idea hay que empezar a construir la alternativa. Una alternativa sin partidos, donde la gente no sea un número de militante, ni un cargo, sino una fuente de ideas, una pieza más de la alternativa. Y sobre todo, que dicha alternativa nunca reciba ni un euro público ni de empresas privadas de financiación, porque eso es lo que liga a una organización al sistema.
La
alternativa tiene que ser libre y perder el miedo a formar parte de las
instituciones. La alternativa debe y tiene que presentarse con un proyecto a
unas elecciones pero no puede perder.